Historia 

En el Alto Medievo, entorno al siglo VII, los longobardos luchaban por el territorio italiano con los bizantinos. La exigencia estratégica de unir el Reino de Pavía con los ducados meridionales a través de una vía lo suficientemente segura llevó a la elección de un itinerario hasta ese momento considerado menor que atravesaba los Apeninos en lo que corresponde hoy al actual Paso de la Cisa y después el valle de la Magra se alejaba de la costa en dirección a Lucca. Desde aquí para no acercarse demasiado a las zonas en manos de los bizantinos, el recorrido proseguía por el Valle del Elsa para llegar a Siena y por tanto atravesar el Valle de Arbia y de Orcia para alcanzar el Valle de Paglia y el territorio del Lacio, donde el trazado se introducía en la antigua Via Cassia que conducía a Roma. El recorrido que tomó el nombre de “Via de Monte Bardone”, del antiguo nombre del Paso de la Cisa, Mons Langobardorum, no era verdaderamente una carretera en el sentido romano ni por supuesto tampoco en el sentido moderno del término. De hecho, después de la caída del Imperio, los antiguos trazados consulares cayeron en desuso y algunos de ellos, los menos afortunados, cayeron en ruina, “rupta”, (rota) tanto que viene de aquella época el uso de la palabra “ruta” para definir la dirección que se debe tomar. 

Nacimiento de la Via Francigena
Cuando la dominación Longobarda dejó el puesto a la de los Francos, también la Via del Monte Bardone cambió el nombre por Via Francigena, es decir, el “camino con origen en Francia”, nombre éste último que además del actual territorio francés, comprendía el Valle del Reno y los Países Bajos. 

En aquel período creció también el tráfico a lo largo de la Vía que se consolidó como el principal eje de unión entre el norte y el sur de Europa, por el que transitaban comerciantes, ejércitos y peregrinos. 

La peregrinación en el tiempo

Tras el fin del primer milenio y el inicio del segundo, la práctica de la peregrinación asumió una importancia creciente. Los lugares sanos de la Cristiandad eran Jerusalén, Santiago de Compostela y Roma, y la Vía Francígena representó el nudo central de las grandes vías de la fe.

Los orígenes del itinerario
Y sobre todo gracias al diario de viaje, y en particular a los apuntes de un ilustre peregrino, Sigerico, que podemos reconstruir el antiguo recorrido de la Vía Francígena. En el 990, después de haber sido ordenado como Arzobispo de Canterbury por el Papa Juan XV, el abad volvió a casa anotando sus dos páginas manuscritas las 80 casas en las que se paró para pernoctar. El diario de Sigerico se considera todavía como la fuente más acreditada del itinerario de a Vía Francígena, tanto que incluso se habla de la “Vía Francígena el segundo itinerario de Sigerico” para definir la versión más “filológica” del recorrido. 

Crecimiento y decadencia de la Vía Francígena

El uso creciente de la Vía Francígena como camino de comercio, le llevó a un desarrollo excepcional a los numerosos centros a lo largo del recorrido. 

La vía se convirtió en estratégica para transportar hacia el mercado del norte de Europa las mercancías provenientes del oriente (seda, especias) e intercambiarlas generalmente en las ferias de la Champaña con los paños de Flandes y de Brabante. En el siglo XIII el tráfico comercial creció hasta tal punto que se desarrollaron numerosos trazados alternativos a la Vía Francígena que sin embargo, perdida su característica de unidad se fraccionaron en numerosos itinerarios de unión entre el norte y Roma. Tanto que el nombre cambió por Romea, siendo ahora el destino y no el origen el que le dio nombre.